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viernes, 2 de marzo de 2018

¿Libros respetuosos?

Hace ya unos años que escucho y leo sobre crianza respetuosa. Es un tema que me llama mucho la atención, no siendo madre pero sí educadora y narradora de cuentos. También leo sobre la llamada “literatura respetuosa”, que se ha dado a entender (por favor, corríjanme si me equivoco), como aquella libre de estereotipos de género, que lucha por la igualdad, que incluye a personas con diversidad funcional, fomenta el desarrollo emocional del niño, se implica en la educación en valores, etc.

Sin embargo, como siempre y lamentando repetirme, me espina el tema de los libros receta o libros “para”, muchos de los cuales terminan en listas de “libros respetuosos”. A muchos de ellos los mal llaman literatura y normalmente pretenden transmitir una lección moral, generalmente con una calidad literaria (no me meto con la estética) cuestionable.

Creo que para que un libro sea respetuoso lo primero que tiene que ser es bueno. El libro respetuoso es el que tiene calidad estética y literaria, el que genera preguntas y no envía mensajes cerrados, masticados y fáciles. Es el que tiene varias lecturas, una propuesta diferente, interesante, un final sorprendente, personajes y desarrollo rico, sencillos pero no simples. El bueno es un libro que no se crea para solucionar un problema sino para ilustrarlo, plantearlo, revisarlo, cuestionarlo. Serán libros ricos que fomentarán el enganche, la búsqueda de más. Por poner un ejemplo, "El pato y la muerte".

Nosotros somos responsables de los libros que acercamos a nuestros hijos, igual que somos responsables del consumo que hacen de internet o de la comida que comen. ¿Somos por ello censores? ¿Somos censores de bollería? ¿De contenidos inapropiados en la red o televisión?

Me gusta pensar que la censura que cometemos es algo así como darles a elegir comer pepinos o zanahorias, no darles a elegir comer golosinas o bollería. Me imagino una censura literaria en la que "comen de todo", pero toman menos azúcar que verduras.

Como me comenta un compañero*, "el problema de la censura artística es que se centra en los contenidos, en el mensaje, sin tener en cuenta las formas, o sea, la estética: el arte. Para mí es fundamental, porque creo que eso también es mensaje. Otra cosa son los gustos de cada cual, que también  tiene que ver con la educación, el conocimiento y la curiosidad sobre el objeto artístico."

Ser respetuosos con los niños incluye que nos quitemos de encima el peso del adulto que sabe, que se dispone a "enseñar" al niño que no sabe. Ser respetuosos incluye sentido común, diálogo, variedad.
Pero mi tesis es que si priorizamos en ese acercamiento la calidad, ese respeto será leido con mayúsculas, en negrita y subrayado y no les mataremos del aburrimiento. Les recomiendo la lectura de este artículo sobre cómo "las hogueras de la moral incendian el arte". 

Por poner un ejemplo, ser respetuosos, en mi opinión, incluiría entender los cuentos clásicos como parte de una época y leer muchos, muchos de ellos, los clásicos noruegos y los rusos, los africanos y los árabes. En todos hay de todo.

Ser respetuosos no es impedir la muerte del lobo, ni hacer que la protagonista sea forzosamente femenina y valiente, no es quitar las brujas ni es solamente buscar libros sobre emociones.

Ser respetuosos es indagar, leer a los especialistas, valorar las editoriales especializadas, dejarles escoger, acompañarles, guiarles, preguntarles, preguntarnos. Hablar. Hablar mucho.

El libro, los cuentos, los valores que transmitan lo que leamos, no van a educar al niño, no va a forjar definida y definitivamente su personalidad, un libro concreto o muchas historias de un determinado tipo no le va a hacer desarrollar patologías o virtudes. Sólo van a ser un aporte más a su educación. Si ese producto es bueno, será un buen aporte. Si es mediocre, con pretensiones de educación en valores, será un aporte azucarado y sin nutrientes. Creer lo contrario, creer que por leer un cuento "machista" se va a hacer "machista", que por que haya muchos clásicos en los que la madrastra es mala va a hacerle creer que su madrastra le odia, es infravalorar al niño. Es faltarle el respeto.

Por supuesto, hay libros entendidos o llamados RESPETUOSOS que son BUENOS, con calidad, pero hay muchos que no. Por ejemplo, para mí el Monstruo de los colores o el Pez Arcoíris no son libros respetuosos, por mucho que pretendan hablar de emociones o de un mal entendido "compartir". En mi opinión son de baja calidad literaria y moralistas, sin riqueza; ergo, son irrespetuosos.

Basándome en los principios de la crianza respetuosa de Berna Iskandar, los principios de la literatura respetuosa serían los siguientes:

1. HORIZONTALIDAD: Deja a los niños que escojan pero preséntales una variedad amplia de propuestas que partan de tu búsqueda de libros de calidad. Dialoga con ellos sobre los diferentes tipos de libro, hazle crítico. No es lo mismo “La reina de los colores” que “El monstruo de los colores”. No es lo mismo un libro de Anthony Browne que uno con las historias de Peppa Pig.

2. EMPATÍA: Sintoniza con lo que le apetece leer, mira qué le gusta, qué le interesa, qué le apetece. No le impongas.

3. AUTORREGULACIÓN: Respeta el ritmo lector, respeta los gustos y los tiempos. Si no le apetece leer o no le gusta tal tipo de libro, está bien.

4. LÍMITES. Respeta el derecho del niño a una educación estética y literaria. Si quieres que lea, dale buenos libros. Limita los libros PARA.

5. INDAGACIÓN PERSONAL: Para que el niño emprenda el camino hacia el autoconocimiento, necesita acercarse a los clásicos tal y como han llegado a nosotros; necesita que haya héroes, personajes malvados que mueren o encuentran su castigo, necesita proyectar su inconsciente en los conflictos del cuento. Deja morir al lobo y a la bruja.

*Antonio Conejo, compañero narrador.

Algunas lecturas recomendadas en el camino del respeto a los buenos libros:

Durán, T. (2002). Leer antes de leer. Madrid: Anaya.
- Garralón, A.  (2005). Historia portátil de la literatura infantil. Madrid: Anaya. (En general a Ana Garralón en su web).
- Cashdan, S. (2017) La bruja debe morir. Madrid: Debate
- Blog de Carolina Lessa Brown,
- Blog de Pep Bruno
- Artículo de Mar Benegas
- Web de Fundalectura, del Banco del libro, Canal lector, Revista Babar, Revista CLIJ, Revista Peonza

lunes, 18 de julio de 2016

¿Contar con libro o sin libro?

En el arte de contar cuentos lo primero es la historia. No. Lo primero es lo que nosotros queremos contar al elegir esa historia. No. Lo primero es cómo contar. O a quién contar. O dónde. No. Lo primero es querer. Querer contar una historia.

Yo quise contar cuando, hace nueve años, Ernesto Rodríguez Abad me preguntó si quería formar parte de un taller de cuentos tradicionales en el que contaríamos a niños. Tres personas, cada uno una parte del cuento. Después, ese mismo año, en el Festival de Los Silos, hice un taller con Pep Durán. Este hombre, del que me enamoré desde el minuto uno, nos hizo escoger a cada uno un álbum y compartirlo con los demás. Yo escogí CASI, de Peter H. Reynolds. Estaba en catalán pero igualmente lo conté. Y me enamoré del libro. Y de contar. Se ve que por aquel entonces me enamoraba con facilidad.
A partir de ahí los libros álbum aparecieron en mi vida y no han dejado de hacerlo. Manuel Abril hablando sobre álbumes y Silvia Torrents, que por aquel entonces contaba con libro, me abrieron una puerta que no he querido volver a cerrar.

Cuento con libro. Quiero contar con libro. Me apasionan los álbumes. Cuento con libro en mis sesiones familiares. Me siento bien, cómoda, contenta. Tan cómoda y tan contenta que hasta hace bien poco no he empezado a preguntarme por qué cuento con libro. Para qué. Así que he empezado a hacerme algunas preguntas:

¿Son todos los libros álbum oralizables?
¿Cuándo contar con libro y sin libro?
¿Hasta qué punto tiene sentido contar un álbum puro si no cuentas con el libro?

Todos los libros álbum no son oralizables. De eso se encarga el texto. Hay textos tremendamente poéticos o que funcionan como pinceladas literarias a la ilustración, que es la verdaderamente narrativa. Si apenas hay narrativa textual... ¿qué puedo contar? Tendría que convertir la imagen en texto. ¿Merece esto la pena? Depende del libro. Depende de a quién le contemos y para qué.
Hay un álbum maravilloso que me viene a la cabeza: SOY UN ARTISTA. En él, Marta Altés nos presenta una historia llena de ironía en la que el texto consiste en que un niño cuenta en primera persona cómo todo le inspira, es un artista, es un genio… y la imagen muestra cómo su madre no se siente tan entusiasta como él con su arte, ya que va haciendo la casa un desastre.
Desde mi experiencia personal este libro tal cual está es difícilmente oralizable. Es compartible, es observable, lo vemos juntos y lo disfrutamos, pero yo no lo incluiría en una sesión de cuentos. 
No siempre es así. Hay muchos libros que no tienen texto pero que uno se inventa y funcionan de maravilla. Hay veces en que ni siquiera tienen que tener texto y uno no dice nada y el libro funciona y lo hace todo. Muchos suelen ser libros juego, puntos de partida, pero yo hablo de los álbumes en los que el texto y la imagen se complementan de tal modo que uno sin el otro no tendría sentido. 

Veamos el ejemplo de LA CASA DE MI ABUELA, de Pep Bruno y Matteo Gubellini. En el libro un niño cuenta en primera persona que es su cumpleaños. Su abuela ha olvidado la tarta y él debe ir hasta su casa atravesando el bosque para ir a buscarla. Cuando entra, un montón de seres le dificultan la entrada o parece que le persiguen. El texto no nombra quiénes son, pero vemos un vampiro, a Frankestein, un esqueleto… y las ilustraciones nos muestran finalmente que su abuela es una bruja. El texto no nombra absolutamente nada de esto. Si contamos la historia mostrando el libro se genera el juego que a mí más me gusta y por el que cuento con álbum. Yo estoy contando una cosa (el texto, adaptado a mí) pero las imágenes están contando otra. La diferencia entre este libro y SOY UN ARTISTA es que en este la historia está perfectamente estructurada y es mucho más sencillo oralizarla. Está preparado para ser contado.

Y cuando me pregunto: ¿Y contar un libro sin libro? Normalmente y en mi opinión, los buenos álbumes se tienen que contar con libro. LA CASA DE MI ABUELA no puede contarse sin libro porque la ironía de la imagen, lo que hace al álbum algo muy rico, se perdería.

LA BRUJA RECHINADIENTES, por ejemplo, es un cuento tradicional maravillosamente editado por OQO pero que se puede contar sin libro perfectamente. Las ilustraciones son estupendas pero la historia sobrevive  sin ellas. Yo, sin embargo, depende de a quién, lo cuento con libro porque la ilustración de la bruja me aporta muchísimo y gusta bastante.

Por otro lado hay dos títulos que me encanta contar, de Jon Klassen: YO QUIERO MI GORRO y ESTE NO ES MI BOMBÍN. Dos álbumes que a priori parecerían no contables, como YO SOY UN ARTISTA, pero que a mí me han dado un juego de voces y situaciones muy rico, contando una cosa y apareciendo otra en la ilustración. Aparte, me sirve para explicar a los oyentes en qué consiste este tipo de libro y abrirles un poco la puerta a los mismos.

Pero luego encontramos libros llamativos, preciosos, perfectamente contables, como LA OVEJITA QUE VINO A CENAR o LA VACA QUE PUSO UN HUEVO. He aquí dos de mis grandes “best tellers”. Los cuentos desde hace muchos años y siempre funcionan. Los he estado contando con libro siempre, hasta que un día me he dado cuenta de que no tenía por qué. No hay nada que la ilustración aporte especialmente a mi narración. Yo los puedo hacer ricos sin necesidad de contar con el libro. No son álbumes en los que la imagen aporte mucho, y están editados de un modo particularmente desastroso cuando se trata de aguantar la trama o darle intriga al momento del paso de página. En ocasiones tenía que tapar partes del libro para que no vieran qué sucedía después, y esto en un buen álbum no pasa.
Ahora los cuento y llevo el libro y lo pongo cerca de mí y les explico que lo que les voy a contar salió de ahí.

Mi último álbum “best teller” es UN POCO PERDIDO, del maravilloso Chris Haughton, que funciona estupendamente, da mucho juego y está hecho para ser contado con libro, con una estructura narrativa perfecta y una historia conmovedora que encanta a las familias.

Así que sobre contar con o sin libro... busco, indago, me pregunto y decido. Escojo cuáles mostrar aunque ellos siempre me muestran a mí. 

domingo, 26 de junio de 2016

Libros PORQUE SÍ

Ilustración: Noemí Villamuza

El tema de los libros para (…) me sigue interesando mucho.
A la hora de escoger un libro, como mediadores entre los libros y los niños, qué nos preocupa más, ¿que trate de un tema concreto y trabaje tal o cual valor o que el libro o cuento que se le acerque sea de calidad?
Todos los libros y los cuentos transmiten valores, mensajes. Todo lo que se escribe lleva implícita una ideología y la neutralidad como tal no existe, ¿pero qué prima cuando escogemos?
Me dejan intranquila los libros receta. Como cuando buscamos títulos para trabajar la amistad, el compañerismo, la soledad.  Me preocupa por un lado porque parece que lo que buscamos es una medicina que te tomas y se cura todo. No tienes que hacer nada. No hay que pensar. Y por otro lado me preocupa porque claro, hay tantos y tan buenos… y tantos y tan malos… libros panfleto con todas las respuestas dadas, que son adoctrinadores, moralistas, que no ofrecen y que como punto de partida para un debate o conversación están bien y son muy válidos pero como objeto estético con calidad literaria y artística al que el niño volverá una y otra vez y leerá de diferentes maneras y en el que entenderá diferentes cosas según vaya creciendo… no. 
Entonces supongo que depende de para qué lo queramos, cómo lo utilicemos y qué más cosas ofrezcamos a los niños. ¿Nos quedamos en eso o buscamos más? ¿Sólo nos preguntamos por los libros cuando queremos tratar un tema específico o nos acordamos también de los libros porque sí?
Muchas maestras me escriben: “¿Me podrías recomendar un libro para esto? ¿Y para aquello? Y yo les digo este o aquel otro y, ya que estoy, les lanzo unos cuantos libros porque sí. Mis favoritos. Que también tratan temas, por supuesto, todos los del mundo, pero desde la calidad, no desde el objetivo comercial de ser vendible porque hablan de tal o cual cosa, asunto del que las editoriales saben demasiado.
Me preocupan los títulos que, disfrazados de “valores” venden un producto rosa y tranquilo, perfecto para que el adulto se explique desde su status de “mayor” que sabe dirigiéndose a “pequeño” que no sabe, irrespetuoso con la infancia e incompleto para que el niño se construya a sí mismo. Un producto como la infancia ideal que los adultos creemos que merecen. Pero merecen saber y vivir y entender a través de buenos libros y buenos personajes y buenas historias. Merecen que se les cuente que a Caperucita se la come el lobo o que la muerte viene a buscar al pato, Inés decide un día poner todo al revés o una mamá pingüino chilla tan fuerte a su hijo que lo rompe en mil pedazos. Merecen libros en los que haya conflicto, personajes ricos, finales sorprendentes, preguntas implícitas. Merecen fantasía, no lecciones.
Merecen que el buen comportamiento y la generosidad se las traiga un personaje heroico que, gracias a sus buenas acciones, consigue vencer al villano del cuento. La historia y la personalidad del héroe están ahí y el niño irá entendiendo con muchos cuentos, sin necesidad de que todo se le subraye.
Ayudemos a los niños a encontrar historias verdaderas, repletas de sentido, que les hagan plantearse a sí mismos como individuos ante el mundo. 
Ahora que empezó el verano y siempre, ¡abracemos buenos títulos bajo el sol y llenemos las horas de libros porque sí!

domingo, 15 de mayo de 2016

EL PEZ ARCOIRIS, esa oda al Bullying

El pez arcoiris llegó a mí hace más de diez años, cuando estudiaba magisterio. Me lo “vendieron” como un libro maravilloso para enseñar a los niños a compartir. Es un cuento que no he contado nunca pero que me he encontrado infinidad de veces en escuelas infantiles y colegios como un ejemplo magnífico de libro para transmitir el valor de la generosidad. Y, la verdad, no puedo estar más en desacuerdo.
SINOPSIS:
El libro, escrito e ilustrado por Marcus Pfister y editado por Beascoa (año 2005 con innumerables reimpresiones hasta la actualidad), trata sobre un pez precioso con escamas muy brillantes que, tal y como nos lo presentan, no quería jugar con ningún otro pez, y cuando le hablaban, no contestaba. Las ilustraciones muestran a un pez bellísimo con escamas ilustradas con papel brillante que son muy llamativas al tacto.
Un día, un pequeño pez azul le pide una de sus maravillosas escamas y él se niega de malos modos. El pequeño pez azul le cuenta a todos los peces lo ocurrido y, desde ese día, todos se niegan a hacerle caso. Le ignoran completamente. Le dan la espalda.
El pez Arcoiris se siente absolutamente desgraciado, porque aunque es hermoso, nadie le quiere. Así, consulta al sabio pulpo Octopus, que le da el siguiente consejo: “Regala a cada pez una de tus brillantes escamas (…) Aunque ya no seas el pez más hermoso del océano, volverás a estar muy contento”.  Al principio el pez se niega, pero más tarde el pequeño pez azul vuelve a pedirle una escama: “no seas malo, dame una de tus escamas brillantes”… y el pez Arcoiris se la da. Una pequeña, para no echarla de menos. Y así, al poco, el pez está rodeado de otros peces que también quieren una escama brillante. Y el pez Arcoiris, “¡quién lo iba a decir!, repartió escamas entre todos los peces, cada vez estaba más contento.” Al final solo le queda una escama y “es feliz como jamás lo había sido”, y termina jugando con todos.
MI OPINIÓN:
Este libro genera en mí cierta aversión. En primer lugar, nos presentan a un pez hermoso y vanidoso. Es orgulloso porque es guapo, se entiende. Cuando le piden que dé una de sus preciosas escamas, se niega. Yo me pregunto: ¿y por qué iba a tener que hacerlo? ¿Qué razón tiene un pez desconocido para venir a pedirle algo que le pertenece? ¿A cambio de qué?
No me imagino a una adolescente con un pelo precioso, ondulado, largo y envidiablemente sano y brillante teniendo que darle un mechón a cada una de las chicas de su edad de pelo seco y estropajoso que se la encuentran por la calle y envidian su belleza. Y esto es un ejemplo sobre el físico, pero pensemos en gente con un talento especial para cualquier cosa, un artista, un músico, un genio de las matemáticas, teniendo que dar parte de su esencia y su inteligencia para ser queridos.
Cuando el pez se niega (de muy malos modos, por cierto), todos le dan la espalda. Le ignoran. ¿No es eso un tipo de bullying? ¿No es maltrato psicológico?
Cuando el pez pide consejo al pulpo Octopus, el más sabio del mar, éste no le dice: “Pez Arcoiris, es que eres vanidoso, orgulloso y algo déspota y tienes que tratar de ser mejor persona” o algo parecido, sino que achaca el hecho de que le ignoren a sus escamas especiales. Le viene a decir algo así como “Para que te quieran tienes que ser vulgar, dar toda tu belleza, ser como ellos, perderte a ti mismo”. Le dice que aunque no sea el más hermoso estará más contento. ¿Estará más contento por qué? ¿Por ser como los demás? ¿Todos tenemos que ser iguales para ser aceptados?
Y el pez lo hace, da todas sus escamas a los demás y se siente bien. Pero en mi opinión se siente bien porque ya no le ignoran, no porque esté compartiendo.
El pez es feliz ahora, tiene amigos, cada uno de sus amigos se ha llevado una parte esencial de su persona, de lo que le definía y hacía único. Es importante ahora para ellos porque es como todos, y todos son como él. No hay que envidiarle nada. Ahora ya puede jugar y tener amigos a costa de haberse perdido a sí mismo. No sabemos si psicológicamente habrá mejorado, pero qué importa.
Y en este punto yo me pregunto: ¿ha compartido o ha hecho un negocio con sus escamas a cambio de recibir amistad?
Para mí el pez Arcoiris y todas sus escamas brillantes representa la unicidad de las personas, lo que nos hace especiales. Es un pez diferente pero tiene que ser como todos los demás para que le quieran, tiene que darse, repartirse, pero para ello tiene que perderse. No estamos hablando de un pez que vaya por el mar con una bandeja de dulces. Estamos hablando de sus escamas, lo que le define. Y eso se comparte de otra manera. Eso se comparte, por ejemplo, haciendo que el pez Arcoiris muestre a los demás la forma en que sus escamas brillan por sí mismas, no dependiendo de que él tenga que darles nada.
Eso sí, las ilustraciones encantan a los niños y es un punto de partida estupendo para hacer todo tipo de actividades artísticas. Pero yo, si tuviera que utilizar el libro, cambiaría su historia.

jueves, 17 de julio de 2014

Narradores y formación

Todos o casi todos los participantes de la ESCUELA DE VERANO DE AEDA en la puerta del Albergue de la Real Fábrica en Ezcaray, La Rioja.
Este año ha estado más lleno de formación que ninguno antes en lo que a narración se refiere. A principios de año cruzaba el charco hacia Gran Canaria para asistir a un taller con la narradora Maísa Marbán; meses después volvía a cruzarlo para recibir un curso sobre repertorio de diez horas por parte de Pep Bruno; hace poco más de una semana volvía de pasar cinco días completos con otros casi setenta narradores compartiendo, debatiendo, conociendo. Era la I ESCUELA DE VERANO DE AEDA, la Asociación de Profesionales de la Narración Oral en España. Por otro lado, justo ayer cerrábamos un taller con Pablo Albo, que vino a Tenerife, en lo que puede llamarse el primer curso no oficial organizado por la Asociación TAGORAL, Asociación Canaria de Narración Oral, a punto de ser estrenada. 
Mucho es lo que me llevo de estos encuentros. En la ESCUELA DE VERANO de AEDA pudimos escoger entre cursos y talleres largos y cortos. La variedad fue mucha y la dificultad para escoger,  más aún. Finalmente asistí a un  curso largo con el genial Matteo Belli, actor italiano que domina a la perfección la técnica vocal (entre otras), un curso corto con José Campanari y un taller largo con Virginia Imaz.
Me parece muy interesante recibir este tipo de formación, especialmente cuando se sabe que es dirigida a gente que lleva algún tiempo contando y que no se trata de cursos de iniciación. Creo que el encuentro que se genera entre narradores, ese compartir experiencias y comunicarse, es en ocasiones tan instructivo como el curso al que se acude. 
Agradezco que los narradores que llevan muchos años trabajando en el mundo de la palabra se lancen a formar a otros, es un ejercicio de generosidad loable. Más reseñable aún me parece un rasgo que todos han tenido en común; han partido de estas ideas: “Esto que les estoy contando es mi experiencia, mi forma de hacer las cosas. No digo que esto sea lo correcto o lo que hay que hacer, sino lo que a mí me ha funcionado, lo que opino. Ningún narrador cuenta igual a otro. No intenten imitar a nadie”. Aplaudo desde el comienzo esta potente declaración de intenciones: no adoctrino, no fotocopio narradores, aporto a cada cual lo que quiera llevarse.
Son muchas cosas las que me traigo. Algunas bullían desordenadamente en mi cerebro y se han recolocado. Otras que estaban bien compuestas y organizadas se han desubicado y las más jovencitas han nacido y están preparándose para empezar a trajinar.
Muchas cuestiones en torno a la organización y la metodología me han parecido mejorables en casi todos los cursos, más que nada porque a veces el contenido se pierde por una gestión deficiente, o lo que es lo mismo: los barcos pueden navegar de maravilla, pero no si los pruebas en una carretera.
En cuanto a contenido hay algunas ideas que quiero compartir, de las que más me han removido por diferentes razones:
1.      Para contar hay que saber escoger. ¿Qué contar? ¿En qué criterios nos basamos para escoger un cuento u otro? ¿Nos basta un “porque me gusta” o vamos más allá? ¿Qué es más recomendable: comenzar contando tradición oral, continuar con adaptaciones a la oralidad de cuentos de autor y después, si acaso, contar cuentos propios o hacerlo de otra manera? ¿Contamos cuentos escuchados a otros narradores? ¿nos planteamos un código ético? En el curso de repertorio de Pep Bruno tratamos todas estas cuestiones de un modo muy claro y práctico y en torno a un debate bien guiado. También con Pablo Albo tocamos algunas.
2.     Para contar hay que preparar. ¿Cómo afrontamos la preparación de un cuento? ¿Está claro el protagonista de nuestra historia? ¿lo definimos, lo juzgamos o describimos sus acciones? ¿identificamos bien el viaje que hace? ¿Estructuramos el cuento a modo de tronco y luego rellenamos de modo “pactadamente improvisado” las ramas y las hojas? ¿Escogemos las palabras que usamos, respetamos el lenguaje? Pep, Virginia y Pablo fomentaron el debate en este ámbito.
3.     Para contar hay que pactar. Ese “pacto de ficción” que establece el narrador con el público los primeros minutos de sesión, en los que los oyentes entienden a qué han venido, se hacen una idea de lo que van a ver. Un pacto que se hace no solo con lo primero que se dice, sino con el tono, con el gesto, con el silencio, con la mirada. Virginia Imaz me ayudó a ponerle nombre a ese pacto que llevaba tiempo sintiendo.
4.    Para contar hay que estar presente, atento y disponible. Virginia nos recordó: darse tiempo es darse espacio. Darse espacio es darse tiempo. Campanari comentó la importancia de estar disponible: una disponibilidad que parte de la escucha, de la calma y la relajación, de estar en el aquí y el ahora con el público. No solo son los oyentes los que tienen la responsabilidad de escuchar y estar dispuestos. Es una responsabilidad compartida.
5.    Para contar hay que respirar. Matteo me mostró la diferencia del aire cuando entra con placer y cuando entra enfilado por los nervios o la prisa. Respirar con calma, cuidar cómo y desde dónde sale el aire y con él, la voz. Virginia comentó: “El aliento es más que la respiración. Es la respiración habitada por las emociones”.
6.     Para contar hay que saber callar. Virginia Imaz dijo: “Cuento como árbol. Lo que sostiene al árbol es lo que no se ve. Lo que sostiene al cuento es lo que no se dice”. José Campanari dijo: “Es preciso que la persona que cuente prepare el silencio en su intimidad antes de recibir al público. Esa escucha permite saber qué relación se está estableciendo y cómo se puede llevar el hilo de la conversación sin entorpecer esa relación”. Pablo Albo nos hizo mirarnos con calma, observar lentamente a los oyentes durante mucho rato, sin hacer “nada”. ¡Y cuántos todos contenidos en esas nadas!
7.     Para contar hay que disfrutar. Placer, gozar, placer, placer, disfrute y otra vez placer.
Me enciende sobre todo la emoción de saber que está en nuestras manos la libertad, la posibilidad de conducir el aliento por donde queramos, de respirarnos y respirar, el hecho necesario de pararme, yo, que voy mucho más deprisa de lo que quiero y necesito. Pararse. Pararnos. Observar, vernos con sinceridad, con honestidad y luego encontrarnos y comunicarnos.
Confirmo la certeza de que esta profesión es una ciencia, de que requiere no un curso o diez, sino una titulación universitaria como mínimo para englobar todo lo que es preciso.
Pero bueno, mientras tanto, seguimos. Quiero dar las gracias a todos los profesionales que comparten sus experiencias, y a todos los compañeros de camino que me ayudan a escuchar lo que pienso y a entender lo que opinan. Gracias especialmente a Mon Peraza, Silvia Torrents, Silvia Titirimundi, Fabio González, Isabel Bolívar y Antonio Conejo, por estar cerca y dejarse volver locos. Y GRACIAS MAYÚSCULAS A AEDA Y SU EQUIPO por su generosidad y organización.

Gracias, gracias, gracias a todos.

viernes, 2 de mayo de 2014

Sobre el respeto a la palabra en el arte de contar cuentos

Una vez más, me paro un segundo e intento dar sentido al batiburrillo de ideas que se forman en mi cabeza. Sirva el blog para darles salida.  

Entiendo al narrador oral de historias como a un profesional de la palabra, que por cuestiones lógicas, la respeta, entendiendo respeto como consideración, cuidado, atención…, no como miedo; ni siquiera como veneración. Respeto a lo que se cuenta, a lo que se calla, tanto con la voz como con el cuerpo. El poder de la palabra y del gesto, lo sabemos, es incalculable. Es curioso pararse a pensar hasta qué punto manejamos ese poder para hacer llegar las historias que hemos escogido contar, o hasta qué punto lo desusamos y perdemos. 
En el caso del narrador en escena, me pregunto hasta qué punto le define lo que dice, hasta qué punto le describe. Está claro que hay tantos tipos de narrador como narradores hay. He visto a los que vienen del mundo del teatro, del clown, de la filología, del monólogo, de la educación, de la educación social y que se alimentan de todos los recursos que tienen para sumar lenguajes a los cuentos que escogen. También está claro que cada uno selecciona para contar lo que quiere, lo que le mueve, lo que le hace cuestionarse, lo que cree que gustará a un determinado público…
Escoger, seleccionar el repertorio y plantearse el tono desde el que se narra es responsabilidad y complacencia del que se dedica al oficio, y quiero enfocar mi reflexión hacia el momento en el que nos definimos como narradores de cuentos y nos colocamos ante los oyentes, con un repertorio preparado, sabiendo que el lenguaje y el estilo puede que cambie según el emplazamiento en que se cuente y el público al que esté dirigido.
Considero que al narrador lo define lo que cuenta, así como cómo lo cuenta. También lo que narra entre cuento y cuento en los interludios (si los hubiera), y cómo se dirige al público, dependiendo de sus características. Le definen las palabras que utiliza, para qué las utiliza, el modo y el contexto en que las utiliza.
Para mí es difícil escuchar sesiones de cuentos por parte de cuenteros que, buscando el acercamiento del público desde la risa fácil, utilizan expresiones como “la puta madre” o “la punta de la polla” con una selección de repertorio repleto de vacíos y tópicos. Me cuesta escuchar gente que cuenta y que pronuncia mal las palabras, comete errores básicos de dicción, pronunciación o sintaxis, utiliza expresiones vulgares por doquier… Y no hablo de que se lleve tanto o tan poco tiempo contando, hablo de si nos planteamos que, como medios transmisores de la palabra dicha, debemos utilizar unos recursos mínimos (y digo mínimos) y dignos de expresión.
Utilizar la cercanía para dirigirse al público no tiene por qué significar ser vulgar. Tampoco hablo de que tengamos que erigirnos eruditos de la dialéctica con expresiones retorcidas e inaccesibles, historias extremadamente enrevesadas, etc. He escuchado muchos cuenteros que, desde la espontaneidad y el anecdotario diario, son correctos, simpáticos, accesibles, respetuosos.
Por otro lado, me resulta chocante que un narrador controle el “tono” en el que habla pero seleccione un repertorio torpe, pero es igual de chocante que sus historias sean potentes y el tono sea tremendamente banal.

En fin, creo que es interesante que, como personas que cuentan, nos defina como grupo la variedad. Es enriquecedor. Solo me pregunto si nos planteamos la importancia del qué o el cómo, de si somos conscientes de que, de alguna manera, al faltar a la palabra nos faltamos a nosotros y faltamos a los que escuchan.

miércoles, 5 de marzo de 2014

De los libros receta y la educación en valores.

Ilustración: Emilio Urberuaga 
(Discurso de Oso, Libros del zorro rojo, 2007)

El tema de la educación en valores relacionada con la literatura infantil y juvenil me espina desde hace tiempo. Editoriales, docentes, padres/madres, y profesionales de la mediación en la lectura se afanan en encontrar “libros receta” o “libros para…” dirigidos a los niños, que hablen de este tema o de aquel otro y les ayuden a “educarles”, o más bien “adoctrinarles” en el sentido (loable o no) que les convenga.
Es un tema controvertido, con muchísimos puntos a abordar, que me preocupa seriamente.
Entiendo que cuando un escritor de literatura (en general) se plantea escribir, debe atender especialmente y con esmero y dedicación a la calidad de lo que hace siguiendo sus criterios personales. Su misión es transmitir un mensaje, sea cual sea.
Parto de la base de que todo lo que se escribe lleva implícita una ideología y la neutralidad como tal no existe, ya que siempre se partirá de la subjetividad de cada cual. Cada uno actúa según su postura, defiende los criterios personales, políticos y sociales que defiende: piensa y hace.
Ahora bien, cuando se habla de literatura, ¿no debería primar la calidad literaria del texto (escrito y visual)?, ¿no debería la ideología ser implícita en lugar de explícita?, ¿hay diferencia entre la literatura comprometida y la literatura de panfleto?
En los libros de literatura infantil y juvenil que me gusta contar y recomendar, me encanta que se planteen preguntas, que se generen debates, que no se den respuestas acabadas sino principios en torno a los que generar más preguntas. Me encanta cuando esto se lleva a cabo a través del humor y la irreverencia.
No estoy en contra de los libros que hablan sobre temas concretos como marginación o inclusión social, maltrato, generosidad, pero ¿es literatura? ¿es de calidad? En mi caso, me parece interesante que incluyan estos temas pero de forma tácita, cuyo objetivo directo no sea instruir en torno al tema sino contar una buena historia. Es cuestión de diferenciar los conceptos moral y moralina.
Desde mi percepción, los mejores valores, la mejor formación crítica partirá de una selección de calidad que ayude a los pequeños a tomar conciencia. Una variedad de ejemplos de formas de vivir, personajes diferentes actuando de modo diferente ante situaciones diversas, historias en las que suceden cosas y se resuelven conflictos y que faciliten que crezcamos interiormente. Y estos serán cuentos que no tengan por qué seguir los estereotipos sociales comúnmente aprendidos, que se transmitan a través del sentido del humor, que nos despierten y nos hagan emocionarnos, empatizar, completar el significado, reconstruir.
Entiendo que ese tipo de libros nos llega mucho mejor que los vacíos libros receta tan reclamados, tan adoctrinadores, tan políticamente correctos; tan inútiles. Los niños lo demuestran con su rechazo general a estos "libros para...". Yo misma, cuando empiezo a leer y noto cómo el autor me está tratando de enseñar algo, me crispo. Me encanta que me aporten y me inspiren sin que me dé cuenta, que lo que quieran contar lo hagan bien y el para qué moral no sea el objetivo principal.
Ayudemos a los niños a encontrar historias verdaderas, repletas de sentido, que les hagan plantearse a sí mismos como individuos ante el mundo. La educación moral partirá de lo que cada uno, desde su individualidad, aprehenda, de lo que piense, viva, hable y comparta.


Sigamos buscando.

lunes, 24 de febrero de 2014

Educar a los padres

                                                                     Ilustra: Elena Queralt

Contar cuentos es un regalo. Aparte de un trabajo, es un regalo que me hago a mí misma, que hago a quienes quieren recibirlo, que me emociona, me empuja y me hace aprender y sentirme  libre. Me declaro enamorada de la profesión de narrador.

Desde que empiezo a preparar un repertorio, sea para el público que sea, va en mi código partir del respeto hacia mí misma y hacia el oyente. Me preocupo por estar a la altura, sea donde sea, de mis expectativas para con mi quehacer, que son altas, y entiendo que el que paga una entrada por acudir a una sesión de cuentos o el que, sin pagar, acude a una sesión de narración en bibliotecas, librerías, teatros, o donde se proponga, también tiene expectativas para conmigo.

Y sucede que son pocas las oportunidades que se dan en la isla para contar cuentos a los niños con sus familiares (fuera de sesiones escolares, nos quedan las pocas programaciones que se hacen en bibliotecas y librerías para acceder a las familias). Y también sucede que cada vez es mayor mi sorpresa y la de los que programamos para familias ante las innumerables faltas de respeto que se llevan a cabo antes, durante y después de las sesiones.

Bibliotecarios y libreros trabajan a diario por tratar de hacer entender a los niños la forma en que debe tratarse a los libros o las normas de comportamiento básicas en estos lugares: no gritar ni hablar en voz muy alta, cuidar los libros para que no se estropeen, no comer, etc. Dentro de ese trabajo se encuentra también el de educar a los padres para que recuerden estas normas, hasta el punto de que a veces hay que llamarles la atención porque se ponen a hablar a voz en grito en plena biblioteca por el móvil o con otros padres y madres, también usuarios de la biblioteca.

Erróneamente a veces uno da por hecho que los adultos ya vienen educados, y me encuentro más de lo que quisiera con muchos niños que tienen que llamar la atención a sus padres mandándoles a callar durante la sesión de cuentos, o con hermanos mayores que quitan a los pequeños los libros de las manos porque los están rompiendo. Por no hablar de las sesiones que se hacen en el ámbito escolar, en las que también se da el caso de que los alumnos son los que llaman la atención a sus profesores, haciéndoles callar para poder escuchar los cuentos.

Me da una tristeza enorme que después de un cuentacuentos infantil en una librería, los libreros tengan que retirar de la venta tres o cuatro libros cada vez porque los pequeños los han roto, los han pringado de chocolate o los han abierto y usado (como libros con pegatinas o desmontables) y luego los han dejado, ante la mirada impasible de los adultos.

Me da vergüenza tener que parar una sesión de cuentos para mandar a callar a los padres cuando los niños se están comportando adecuadamente (porque cuando se sientan junto a sus hijos es una cosa, pero cuando los niños se sientan delante y los padres se colocan detrás, es otra completamente diferente). Me da vergüenza tener que interrumpirme a mitad de un cuento porque un grupo de madres ha decidido que es un buen  momento para sacarse tres o cuatro fotos con sus pequeños, levantándose, moviendo a otros niños, y sobre todo sacando a sus propios hijos de la historia que se está contando.

Es un trabajo que nos corresponde a todos el hecho de aprender a vivir en sociedad, de comprender y respetar las normas de los diferentes espacios, de entender las diferencias entre un parque, una cafetería, un hotel, el salón de casa, una librería y un baño. Por mi parte, supongo que seguiré llamando la atención como hasta ahora, con cariño, calma y sentido del humor, porque sé que muchas veces los adultos no están acostumbrados a este tipo de actividades, pero quiero hacer desde aquí un llamamiento al sentido común: señores, somos padres, madres, educadores; somos ejemplo. Yo los respeto, respeto a sus hijos. Preocúpense y ocúpense, respeten ustedes mi profesión, a mí, a sus hijos, a ustedes mismos y al lugar en el que estamos trabajando.

Gracias. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Para valorar un álbum ilustrado

Como lectora de álbumes ilustrados y mediadora entre los libros y los niños (a través de la narración, de recomendaciones, etc.), me planteo unos cuantos aspectos a la hora de valorar un álbum ilustrado. Seguro que hay algunos más que no estoy teniendo en cuenta, pero grosso modo son los siguientes. Espero que te sean de utilidad.
1.      ¿Escribe e ilustra la misma persona?
En ocasiones, cuando los libros están escritos e ilustrados por el mismo autor, el todo narrativo de la imagen y el texto es más palpable que cuando una persona escribe el texto y luego el ilustrador, partiendo de él, hace una lectura personal y una propuesta alternativa a la hora de contar la historia (existe, en este caso, una entendida coautoría entre ambos).
En los libros en que la imagen y el texto parten del mismo autor, las relaciones entre ambos códigos suelen ser más interdependientes que en el segundo caso. Si queremos ver buenos ejemplos es interesante revisar, entre muchos otros, los libros de Anthony Browne, Leo Lionni, Isol o Jon Klassen.
2.     En caso de que escriban e ilustren diferentes personas, ¿existe sinergia entre ambos códigos?
Cuando escritor e ilustrador son personas distintas, puede suceder que el texto y la ilustración no creen adecuadamente el mundo relatado, o que no tenga consistencia a lo largo de las páginas. Puede suceder que la imagen resalte una parte del texto que el escritor ya ha detallado ampliamente, o  lo contrario: que el texto resalte cosas que el ilustrador ya ha solucionado (descripciones o acciones de los personajes, por ejemplo). Es bueno plantearnos preguntas en torno a la relación de la imagen con el texto, como: ¿la ilustración repite lo que dice el texto, lo inventa, lo reinterpreta, lo contradice, ironiza?
En ocasiones es interesante leer únicamente el texto y pensar qué aporta, y luego leer la imagen nada más, y valorarlos luego en conjunto para determinar qué importancia se da a cada uno para construir el sentido de la historia y ver si realmente existe esa sinergia que define al álbum.
3.     Para profundizar en la ilustración:
Cuando quiero profundizar más en las ilustraciones me pregunto más cosas, entre ellas: ¿cómo están secuenciadas las imágenes?, ¿el estilo de la ilustración me parece adecuado para el “estado de ánimo” de la historia? ¿cuál es el punto de vista de la imagen?, ¿qué técnica ha utilizado el ilustrador?, etc.
4.     ¿La cubierta, contracubierta, guardas y demás elementos paratextuales me ofrecen información narrativa? Importancia del diseño gráfico.
Desde la cubierta y las guardas, desde el formato del libro o la elección del tipo de material, muchos álbumes ilustrados están comenzando la historia o aportándonos muchísima información sobre lo que vamos a encontrar dentro.
La composición de todos estos elementos y la elección, por ejemplo, del tipo de tipografía y de su ubicación en la página, son también muy importantes.
5.     ¿Facilita la construcción del significado por parte del lector?
¿El álbum que tenemos ante las manos puede entenderse de diferentes maneras y tener múltiples lecturas? ¿Es abierto? ¿Genera preguntas? ¿Facilita respuestas? ¿Puede generarse un debate en torno a él?
La interacción que se genera entre imagen y texto, los detalles que pueden encontrarse en la ilustración y que el texto omita, las expectativas que cree la trama y que se vean o no resueltas, las posibilidades interpretativas de la obra, son cuestiones básicas a tener en cuenta.
6.     Otras valoraciones:
¿Me ha aportado algo? ¿Me ha provocado algo, me ha movido por dentro? ¿Por qué? ¿Creo que hace una interesante contribución al mundo de la literatura infantil? ¿Qué dicen los que hablan sobre álbumes ilustrados de este libro? ¿Tiene algo en común con otras obras del mismo escritor/ilustrador? ¿Lo recomendaría?

Bibliografía de interés:

Nikolajeva, M. y Scott, C. (2001).  How picturebooks work. New York: Routledge.

- Colomer, T., Kümmerling-Meibauer, B., Silva-Díaz, M.C. (2010). Cruce de miradas: nuevas aproximaciones al libro-álbum. Barcelona: Banco del Libro-Gretel.

- Zaparaín, F. y González, L.D. (2010). Cruce de caminos. Álbumes ilustrados: construcción y lectura. Valladolid: Universidad de Valladolid/Universidad de Castilla La Mancha.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Álbumes ilustrados. Elementos de confusión.

Los álbumes ilustrados o libros álbum generan confusión. Este tipo de libros cuentan con unas características concretas que les diferencian del resto de libros ilustrados que existen, de los cuales ya he hablado en otra ocasión.

Este tipo de libro, debido a la presencia de dos códigos simultáneos, imagen y texto, llama la atención de cualquiera que se dedique a la mediación entre los libros y los niños de todas las edades. De hecho, llama la atención a cualquiera que sea un apasionado del arte y la literatura, que se preocupe mínimamente por la educación estética y literaria.

¿Qué bibliotecario, librero, padre o madre que disfrute de los libros no se ha sentido atraído por estos objetos de cuidada manufactura, tanto en las ilustraciones, como en el texto, el diseño gráfico, la edición, etc.?

En ocasiones nos encontramos frente a verdaderos objetos de arte que desde su formato, portada, contraportada y guardas comienzan a contarnos una historia, y debemos tener en cuenta que su valor va más allá de la que parece ser su función principal: libros para primeros lectores, o libros con imágenes a toda página.

Muchos pretendidos y mal llamados álbumes ilustrados cuentan con imágenes llamativas, en ocasiones más descriptivas que narrativas y sin secuenciación, con un diseño escandalosa y pretendidamente comercial, con un texto vacío, insulso o estúpido, o con un texto relativamente válido pero que no mantiene ninguna relación especial con las imágenes, o que no establece ningún tipo de juego en el que el lector pueda sentirse partícipe.

Los textos de los álbumes ilustrados pueden ser simples, pero no simplones. Deben adecuarse a la competencia lectora de los niños, pero no debe entenderse “lectura” como decodificación del texto, sino también como análisis de la imagen.

Somos conscientes de que los niños leen imágenes de maravilla, opinan, comprenden, reciben lo que ven y lo relacionan, y la dificultad de leer narraciones escritas se transforma en una cuestión que se soluciona en parte gracias al diálogo entre el texto y la imagen.

Me preocupa que se hable de álbum ilustrado sobre cualquier libro con imágenes, me preocupa especialmente que lo hagan personas que se dedican a ilustrar, escribir, editar o formar a mediadores.

Hay mucho y muy bueno publicado sobre el tema. Informémonos, compartamos, seamos libres en nuestro proceso creativo y mediador, pero partamos de conceptos comunes.

Recordemos que es tan importante la imagen narrativa en el libro álbum que este tipo de libro puede existir sin texto pero no sin imágenes y que lo que debemos proponernos a la hora de determinar qué es un álbum y qué no, es buscar en ellos las peculiaridades de un texto que se hace narración cuando se une a la imagen, nunca sin ella.




Ilustraciones:
1. Donde viven los monstruos, Maurice Sendak. (1995, Alfaguara)
2. Voces en el parque, Anthony Browne (2000, FCE)
3. Fréderick, Leo Lionni. (2005, Kalandraka)